
Antes de todo esto, mi vida tenía la forma de un taller mecánico y el ruido de un camión de reparto. Trabajé arreglando autos, después llevando agua y soda de puerta en puerta por las calles de mi ciudad, en Argentina. Era un trabajo honesto, previsible, con horarios fijos y rutinas que se repetían semana tras semana. Y sin embargo, algo en mí no dejaba de hacer la misma pregunta: ¿qué hay más allá? No una insatisfacción concreta, no un drama, sino una curiosidad que crecía más rápido que las excusas para quedarme. Un día dejé de posponerla. Junté lo poco que tenía, armé una mochila y salí a buscar una respuesta que sabía que no iba a caber en una sola palabra.
No tenía un plan de cinco años. Tenía, como mucho, ganas de cruzar una frontera y ver qué pasaba del otro lado. Lo que no sabía era que esa curiosidad me iba a llevar, durante un lustro entero, por Latinoamérica, África, Asia y Europa, y que en el camino iba a aprender la lección más simple y a la vez más difícil de todo el viaje: los paisajes son espectaculares, pero el ojo se acostumbra. Una montaña impresionante dura de impresionarte un rato; una persona que te abre la puerta de su casa, te cocina lo que come su familia y te cuenta cómo entiende el mundo, eso no se acostumbra nunca. Así que decidí, casi sin darme cuenta al principio y después ya muy a propósito, que mi viaje iba a ser sobre gente. Sobre casas, comidas, bebidas tradicionales, tradiciones que se pasan de generación en generación. Los lugares fueron el escenario. Las personas fueron la historia.
El camino por Latinoamérica
Empecé cerca de casa, aunque «cerca» es una palabra relativa cuando se cruzan fronteras enteras a dedo, en micro, en lo que apareciera. México, Guatemala, Costa Rica, Panamá, Colombia, Ecuador, Perú, Bolivia, Chile, Brasil, Uruguay: fui armando un mapa que en realidad era una colección de cocinas, de idiomas que cambiaban de acento cada pocos cientos de kilómetros, de gente que me invitaba a sentarme a su mesa antes de preguntarme siquiera de dónde venía.
Aprendí rápido que viajar así, durante años y no semanas, tiene una lógica propia. La plata no alcanza para hoteles ni para restaurantes todos los días, y en el fondo tampoco quería esa clase de viaje. Empecé a hacer voluntariados: a cambio de un lugar donde dormir y algo para comer —que, al final, es en lo que más se te va la plata cuando viajás— trabajaba. Ayudaba en hostales, en huertas, en lo que hiciera falta. Y esa manera de moverme terminó siendo la puerta de entrada a todo lo demás, porque cuando trabajás al lado de alguien, cuando compartís la comida del mediodía y no solo un apretón de manos, la relación cambia. Dejás de ser un turista. Empezás a ser, por un rato, parte de la rutina de otro.
Fue en ese ir y venir por el continente que llegué a Paraguay y conocí, casi de casualidad, a un médico que dedicaba su tiempo a ayudar a comunidades guaraníes a recuperar tierras que compradores extranjeros les habían arrebatado. Ese hombre me abrió una puerta que normalmente no se abre: pasé varios días conviviendo con una comunidad guaraní, durmiendo donde ellos dormían, comiendo lo que ellos comían. Y tuve la suerte —porque no hay otra palabra— de estar ahí durante una de las ceremonias más importantes de su cultura: el bautismo de los varones de la comunidad. No voy a pretender que entendí cada detalle de lo que estaba viendo, pero sí entendí lo esencial: estaba frente a una forma de sostener la identidad, la pertenencia y la memoria que llevaba generaciones resistiendo, a pesar de todo lo que les habían quitado. Salí de esos días con la certeza de que ese era exactamente el tipo de historia que había salido a buscar, aunque todavía no supiera nombrarla así.


Cruzando el mundo: África y Asia
Después de Latinoamérica, el mapa se abrió mucho más. Crucé a Marruecos, mi primer contacto con África, con sus mercados, sus casas de patio interior y una hospitalidad que se sirve, literalmente, en forma de té. Y de ahí, Asia: China, Japón, Tailandia, Vietnam, Malasia, Turquía. Cada país fue una manera distinta de comer, de rezar, de descansar, de recibir a un desconocido.


Si tengo que elegir un recuerdo de toda esa etapa, elijo una carretera del norte de Vietnam. Estaba recorriendo esa zona en moto, sin demasiado plan más que seguir el camino y ver adónde llevaba, cuando llegamos a una familia que tenía un homestay. Nos quedamos, y en cuestión de horas la buena onda con ellos fue tan real que terminaron invitándonos a una fiesta tradicional dentro de su comunidad hmong. No fue una experiencia armada para turistas: fue una familia abriendo su círculo más íntimo a un par de desconocidos en moto, sin más motivo que las ganas de compartir. Me acuerdo de esa noche —la comida, la música, la manera en que se reían entre ellos— como uno de esos momentos que justifican, por sí solos, todos los kilómetros que hacen falta para llegar hasta ahí.


Entre carretera y carretera, entre voluntariado y voluntariado, fui armando una regla que terminó siendo la brújula de los cinco años enteros: si tenía que elegir entre ver un lugar famoso o pasar la tarde con una familia local, elegía a la familia. Los templos y las montañas siguen ahí, esperando. Una invitación a comer en una casa, en cambio, no se repite.
Europa y un cierre que en realidad es un comienzo
El viaje me llevó también por Europa: Italia, Serbia, Inglaterra, España, y de vuelta a Turquía, esta vez del lado de Estambul, esa ciudad que es, literalmente, la bisagra entre dos continentes, algo que se sentía casi simbólico después de tantos años cruzando fronteras.


Fue en Italia donde el viaje, sin que yo lo planeara, encontró un lugar donde apoyarse. Conocí a una chica italiana, y lo que empezó como una parada más en la ruta se convirtió en algo que no quise seguir postergando como había hecho, años atrás, con las preguntas que me sacaron del taller mecánico. Hoy vivo con ella en Italia. No fue el final del viaje —de hecho, no siento que el viaje haya terminado nunca—, pero sí fue el momento en que entendí que a veces uno sale a buscar el mundo entero y termina encontrando, en algún punto del camino, un lugar concreto y una persona concreta que le dan sentido a todo lo demás.
Lo que sigue
Cinco años, cerca de veinte países, cuatro continentes, y una certeza que se hizo más fuerte con cada frontera: los seres humanos nos parecemos mucho más de lo que las noticias y las distancias nos hacen creer, y al mismo tiempo, lo que nos hace distintos —la lengua, la comida, las ceremonias, la forma de recibir a un extraño— es exactamente lo que vale la pena ir a buscar.
El viaje no terminó. Sigo teniendo las mismas ganas de conocer, de sacar fotos, de grabar historias que de otro modo se perderían. Este sitio es, en el fondo, una manera de seguir compartiendo esas mesas a las que me invitaron, esas casas que me abrieron, esas ceremonias que tuve la suerte de presenciar. Cada foto que vas a encontrar acá tiene, detrás, a alguien que decidió confiar en un desconocido con una mochila. Esta es mi manera de devolverles algo de eso: contar sus historias, para que no se queden solo en mi memoria.


